Colombia: Menos carreta y más rigor

Por: Julián Ceballos

Colombia lleva años dando vueltas en el mismo círculo: discursos que suenan a música para los oídos, pero reformas que, en la práctica, son un salto al vacío. Ya va siendo hora de aceptar una verdad incómoda: gobernar no es echar discursos ni agitar banderas en Twitter; gobernar es gestionar la realidad, y la nuestra hoy es preocupante.

Las cifras no mienten, aunque el Gobierno intente matizarlas. Ese lánguido crecimiento del 0,6% en 2023 fue un portazo de realidad. Y aunque en 2024 se asomó una leve mejoría, el fondo del problema sigue ahí: nadie quiere invertir. Sin inversión, el crecimiento es puro maquillaje estadístico; una ilusión que se desvanece en cuanto toca pagar las cuentas.

El motor está apagado

La inversión privada se desplomó en sectores que antes movían la aguja: construcción, industria y energía. Es una cadena lógica que parece que olvidamos en el camino: si el empresario tiene miedo y no invierte, la productividad se estanca. Si no hay productividad, el empleo digno desaparece y el consumo se frena. Así de simple, así de crudo.

A esto se le suma el drama de siempre: la informalidad. Que el 55% de los colombianos trabaje “al diario”, sin protección ni estabilidad, no es un tema que se arregle con ideología. La informalidad se combate con confianza, con reglas claras y con una economía que no asfixie al que intenta crear empresa.
El mito del presupuesto infinito.


En lo fiscal, estamos jugando con fuego. Con una deuda que ronda el 60% del PIB y un gasto público que no para de crecer en subsidios y burocracia, seguir prometiendo reformas sin decir de dónde va a salir la plata es, como mínimo, una irresponsabilidad. El populismo fiscal es una resaca que siempre terminamos pagando los mismos.


Y mientras tanto, el Congreso sigue en lo suyo. Gran parte de los partidos han dejado de ser centros de pensamiento para convertirse en simples escampaderos electorales. No hay visión de país, hay intereses de turno y maquinarias aceitadas.

¿Qué nos queda?

Colombia no necesita salvadores que griten mucho, sino gente que sepa de técnica. Necesitamos líderes que entiendan tres verdades de puño: Sin seguridad jurídica, el capital se va. Sin capital, no hay puestos de trabajo. Sin puestos de trabajo, el bienestar social es un cuento de hadas.

La agenda debe ser pragmática: menos burocracia, incentivos reales para que la gente salga de la informalidad y una transformación digital que no sea solo un eslogan. Necesitamos ejecución, no más promesas vacías.

Estamos a las puertas de un momento clave para el país. Esta vez, el voto no debería ser para el que mejor insulte o el que más emocione, sino para quien demuestre que sabe cómo funciona un presupuesto y cómo se genera riqueza.

A Colombia ya no le cabe más “bla, bla, bla”. Lo que nos urge son resultados.