La paz urbana en Medellín atraviesa uno de sus momentos más delicados tras la salida de Carlos Pesebre del proceso de diálogo que el Gobierno Nacional adelanta con estructuras criminales del Valle de Aburrá. El vocero de uno de los grupos más influyentes dentro de la negociación no solo se apartó formalmente de la mesa, sino que quedó bajo cuidados intensivos, en lo que distintas fuentes califican como un proceso que entró en una fase crítica.
Pesebre, quien participaba como interlocutor desde un centro de reclusión, comunicó su decisión de retirarse alegando falta de garantías, desorden en la conducción del proceso y un progresivo aislamiento de la mesa, factores que —según su postura— terminaron debilitando la confianza tanto al interior de las estructuras armadas como frente a la opinión pública. Su salida dejó en evidencia fracturas internas y tensiones acumuladas en una negociación que buscaba reducir la violencia en varios sectores de Medellín.
Aunque su retiro generó preocupación inmediata, el proceso no se suspendió de manera formal. Las autoridades y otros voceros continuaron adelante con un acuerdo condicionado, presentado como una hoja de ruta para mantener canales abiertos y evitar una escalada violenta. Sin embargo, la ausencia de uno de los principales referentes del proceso plantea dudas sobre la capacidad real de la mesa para sostener compromisos y controlar dinámicas criminales en los territorios.
El escenario es particularmente sensible debido a la influencia que el grupo de Pesebre mantiene en comunas estratégicas del occidente y norte de Medellín, donde históricamente se han concentrado disputas por rentas ilegales. Fuentes cercanas al proceso señalaron que, por ahora, no se anticipa una ruptura inmediata del frágil equilibrio, aunque reconocen que la negociación quedó “en cuidados intensivos”, a la espera de definiciones políticas y jurídicas claras.
Desde sectores que respaldan la paz urbana se insiste en que el proceso debe continuar, incluso con ajustes profundos, mientras que voces críticas advierten que la salida de uno de sus actores centrales expone fallas estructurales en la estrategia y riesgos latentes para la seguridad ciudadana. El futuro de la mesa dependerá ahora de si el Gobierno logra recomponer confianzas, redefinir reglas y garantizar condiciones mínimas para que el diálogo no termine convertido en un factor adicional de inestabilidad.
Por ahora, la paz urbana en Medellín sigue en pausa, sostenida por acuerdos frágiles y bajo la lupa de autoridades, comunidades y analistas que observan con cautela el rumbo de un proceso que prometía reducir la violencia, pero que hoy enfrenta su prueba más compleja.