Therians: el experimento fallido de la ideología de género

Por: Eliana Úsuga

Durante años, desde sectores progresistas, se instaló una idea poderosa: que la identidad no depende de la biología ni de la realidad material, sino exclusivamente de cómo cada quien se siente. Bajo ese marco conceptual, el mismo que sustenta la ideología de género y el lenguaje inclusivo, la experiencia subjetiva pasó a ocupar el lugar de máxima autoridad. La consigna se volvió simple y contundente: soy lo que digo ser.

En ese contexto aparecen los therians. Personas que aseguran identificarse como lobos, perros o gatos. Y sí, cada individuo es libre de imaginarse lo que quiera. Puede usar máscara, caminar en cuatro patas o construir la narrativa simbólica que desee. Eso pertenece al ámbito privado.

Lo que deja de ser razonable es pretender que los demás estén obligados a participar de esa narrativa.

Porque una cosa es decir “yo me siento perro” y otra muy distinta es exigir que todos actúen en consecuencia. Obligar a terceros a validar una autopercepción es cruzar una línea. Es pedirle a la sociedad que suspenda su propio criterio para no “invalidar” la emoción de otro. Eso no es tolerancia: es imposición simbólica.

El problema de fondo es haber convertido el cuestionamiento en pecado. Se instaló la idea de que poner límites o pedir coherencia equivale automáticamente a odiar. Ese blindaje moral ha permitido que cualquier planteamiento subjetivo aspire a reconocimiento público sin pasar por el filtro del debate racional.

Y no se trata de perseguir ni de ridiculizar a nadie. Se trata de defender algo elemental: la realidad existe, y la convivencia social no puede organizarse exclusivamente alrededor de percepciones individuales.

La ideología que disolvió las fronteras entre sexo y género abrió la puerta a una lógica más amplia: si la biología no determina nada, entonces nada determina nada. Todo es fluido. Todo es redefinible. Todo es negociable. Y cuando no hay límites objetivos, la autopercepción se convierte en dogma.

Nadie debería ser agredido por cómo se siente. Pero tampoco nadie debería obligar a otros a entrar en su juego identitario. La libertad individual no incluye el derecho a imponerle al resto una ficción como si fuera un hecho.

Además, conviene hacer otra pregunta incómoda: ¿cuántos de estos fenómenos prosperan porque hay una red que los sostiene? Padres que siguen pagando cuentas, hogares que respaldan decisiones y una sociedad que tolera la postergación indefinida de la adultez. La autopercepción es más sencilla cuando la responsabilidad económica recae en otros.

Mucho lobo y mucho gato. Sigo esperando al que se autoperciba pez y decida ser coherente con su “hábitat”.

Tal vez ese día entendamos que el debate nunca fue sobre disfraces, sino sobre los límites que una sociedad está dispuesta o no a defender