Por: Pablo Bustamante Builes
Colombia no puede darse el lujo de votar con ingenuidad. El romanticismo ideológico puede sonar atractivo en discursos y plazas públicas, pero en la realidad suele costar caro. El país ya ha pagado ese precio en violencia, atraso económico, inversión perdida y generaciones enteras condenadas a sobrevivir en lugar de prosperar.
Hoy el debate no es simplemente entre izquierda y derecha. El verdadero dilema es entre orden o caos, entre respeto por la propiedad privada o arbitrariedad estatal, entre seguridad jurídica o improvisación permanente.
Colombia no puede seguir entregando poder a proyectos políticos que desconfían de la empresa privada, que ven al empresario como enemigo y que pretenden concentrar cada vez más poder económico en el Estado.
Existe además una paradoja que la historia latinoamericana ha demostrado una y otra vez: no conozco personas a las que les guste más el dinero —o el capital— que ciertos autodenominados anticapitalistas de izquierda. El problema nunca ha sido el capital. El problema es quién lo controla.
Cuando el poder económico se concentra en estructuras estatales dominadas ideológicamente, la riqueza no desaparece: cambia de manos. Y mientras el poder se centraliza en quienes gobiernan, lo que sí se distribuye con eficiencia es la pobreza.
El comunismo no elimina élites; las reemplaza. Y en el proceso empobrece a la clase media, asfixia al empresario y frena la innovación.
Sin riqueza no hay redistribución posible. Sin empresa privada no hay empleo formal. Sin confianza no hay inversión. Y sin inversión no hay futuro.
Por eso el voto debe ser consciente, hay que votar con inteligencia. Colombia necesita seguridad, reglas claras, inversión y libertad económica. Necesita un Estado fuerte contra el crimen, pero limitado frente al ciudadano productivo.
El país no necesita más discursos cargados de resentimiento. Necesita orden, crecimiento y estabilidad institucional. Y hoy eso exige una decisión clara: ni un voto por la izquierda.