Por: Pablo Bustamante Builes
Entre tantas anécdotas que guardo, hay unas que siempre me acompañan, que me llevan a sonreir, a dar gracias y quizás a llorar.
Yeison sabía cuánto me gustaba una de sus canciones. Cada que podía, me la cantaba: “¿Qué vienen a decirme a mí?… Que quieren criticarme… Comprendan que yo no soy Dios, y puedo equivocarme…”
“¿Por qué la envidia?”, me decía. Y la cantaba con esa fuerza, con esa verdad que lo caracterizaba, pero también con ese orgullo de estar por encima del rechazo y la discriminación de una sociedad que mira con recelo el triunfo ajeno, y mas aún, cuando proviene de personas que lo tienen todo en contra. Quizás por esto, desde que nos conocimos, conectamos.
Lo conocí en sus inicios, cuando apenas empezaba su camino en la música, cuando los escenarios eran pequeños pero los sueños inmensos. Era un hombre con hambre de grandeza; quería comerse el mundo, pero además, tenía la visión, la disciplina y la capacidad de trabajo como pocas veces lo había visto en mi vida.
En esa época, le puse a disposición mis recursos logísticos para que pudiera atender sus primeros eventos. Lo hice con amor, porque desde ese entonces, vi en él un futuro de triunfo, éxito e inspiración. Nunca dudé, desde ese entonces sabía que él lo iba a lograr.
Recuerdo que alguna vez me dijo: “Doctor, lo quiero mucho, cuando sea grande quiero ser como usted”. Y mientras él veía en mí un referente, yo veía en el algo mucho más grande: un hombre destinado a hacer historia y dejar un gran legado de superación.
Nuestra amistad siempre fue así: de admiración, de ayuda mutua, de consejos, de conversaciones profundas y de crecimiento personal.
Fue un amigo de hechos. Cuando escaló en el triunfo, nunca olvidó de donde provenía ni a los suyos. No se me olvida cuando le pedí apoyo para una reconocida artista en ese entonces emergente, Paulina B, quien no dudó en acogerla, orientarla y tenderle su mano. Ese gesto, entre muchos otros, define quién era: un hombre leal, generoso, real, sin filtros, políticamente incorrecto, auténtico, soñador, trabajador y amigo.
También estuvo para mí en momentos en que lo necesité. Nunca olvido cuando en un momento difícil de mi vida me dedicó un mensaje del pastor Argentino Dante Gebel, “¿Por qué tienes miedo?”. Ese consejo me acercó a Dios y me ayudó a sanar en un momento clave de mi vida, cambiando toda la perspectiva frente a la misma.
Siempre hablábamos de nuestros sueños. Y había uno que lo ilusionaba especialmente: grabar una canción con el gran artista Maluma. La vida me permitió ser puente en ese camino y logré conectar a mi mentor y amigo Luis Alfonso Londoño, padre de Maluma, quien como ejecutor de grandes sueños logró con su hijo hacerlo realidad.
Y así, Dios y el destino quiso que la última canción que Yeison grabara fuera con él.
Maluma, con grandeza y nobleza, decidió lanzarla como homenaje póstumo. Pero queda ese vacío inevitable: le cumplimos el sueño al amigo… pero ya no está aquí con nosotros para disfrutarlo.
Yeison tenía un don especial: un poder de manifestación impresionante. Todo lo que soñaba, lo hacía realidad. Pero también, en algunos momentos, hablaba mucho de su muerte, de su seguridad, de los riesgos. Yo siempre le refutaba: “tienes un gran poder de manifestación, enfócate sólo en atraer lo bueno porque lo malo también se atrae”.
Recuerdo también cuando estaba pensando en comprar su avión. Yo le insistía: “hazlo bien, cómprate el mejor, un jet, algo nuevo, de alto nivel”. Él, fiel a su esencia, escuchaba… pero siempre decidía a su manera.
Así era Yeison: auténtico, firme, libre. Hoy no hablo sólo del artista. Hablo del ser humano, del amigo. Del hombre que siempre me decía “papito yo soy de los finos”. Y lo era, no por lo superficial, sino por lo esencial: por su lealtad, por su palabra, por su forma de ser y estar.
Yeison fue amigo de sus amigos. De los que no fallan. De los que suman y multiplican. De los que dejan huella. Hay amistades que marcan etapas… y hay otras que marcan la vida. La mía con Yeison Jiménez, definitivamente fue de las segundas.
Hoy lo extraño. Extraño nuestras conversaciones, sus consejos, su energía, su forma de ver la vida y de empujar a los demás a ser mejores.
Hizo mucho. Logró muchísimo. Pero también dejó muchos sueños pendientes, caminos por recorrer y muchas historias por seguir escribiendo.
A su esposa Sonia, a sus hijos, a su hermana Lina y a toda su familia y equipo, mi respeto y mi abrazo.
Porque hay personas que pasan… y hay otras que permanecen.
Yeison es de esos, de los que siempre estarán como él mismo decía:
en el corazón, con el corazón.