Soy un semidios

Por: Pablo Bustamante Builes

La semana pasada, compartiendo con un gran amigo, conocimos casualmente a un par de mujeres jóvenes, talentosas, profesionales y físicamente atractivas en el mall Ámsterdam, de Medellín.

En medio de la conversación surgió una pregunta simple: “¿Y tú cómo te defines?”. Les respondí algo que muchos considerarían exagerado, pero que para mí es absolutamente natural: Soy el mejor; prácticamente un semidios construido desde el aprendizaje, la visión, la convicción y la disciplina; y además, siento que la energía de Dios está dentro de mi.

Me miraron como si hubiera cometido un acto de soberbia y arrogancia. Ahí entendí que uno de los problemas más profundos de nuestra cultura es que todavía confundimos seguridad con prepotencia, autoestima con arrogancia y convicción con ego.

Nos enseñaron a minimizar lo que somos, tenemos y logramos. A pedir permiso para soñar en grande. A bajar la cabeza para no incomodar. A creer que reconocernos extraordinarios es un pecado social.
Días después, salí a cenar al restaurante “Carolina” ubicado en Provenza en Medellín, con una mujer espectacular: Inteligente, trabajadora, exitosa, profesional, especialista, con maestría, físicamente hermosa y con una actitud increíble; una semidiosa como diría yo, un astro radiante. Y aun así, cuando llegamos al tema de cómo iba con la realización de sus metas y sueños, me insistía en que todavía no se sentía preparada aún para ir por ellos.

La escuchaba y pensaba: ¿qué nos pasa como sociedad para formar personas tan brillantes pero con dudas en su gran potencial y valor? Ese mismo patrón lo veo en nuestro país. Viajamos al exterior y pagamos fortunas buscando lugares, paisajes, naturaleza y experiencias, sin detenernos a valorar que Colombia tiene montañas, ríos, biodiversidad y tierras que pueden competir con cualquier lugar del planeta. Sí, Europa nos lleva ventaja histórica, institucional y urbana. Pero la diferencia más grande no es geográfica, es mental.

Ellos piensan en grande. Construyen en grande. Protegen, creen y valorizan lo suyo. Nosotros seguimos viendo lo extranjero como superior y lo propio como insuficiente.

Y ahí es donde conecto esto con el desarrollo inmobiliario y empresarial. Colombia no necesita seguir pensando en modelos pequeños. Necesita proyectos pensados con visión, estética, identidad y ambición. Necesitamos empresarios y líderes que se crean la película, que entiendan que en este país tenemos el potencial para desarrollar espacios, ciudades y experiencias de nivel mundial.

Pero eso jamás ocurrirá mientras sigamos creyéndonos menos, que pensemos que provenimos de un linaje inferior al divino. Humildad no es esconder la luz propia. Humildad es usar nuestra grandeza para inspirar, no para humillar. Es entender que reconocer el valor propio no es soberbia; es el primer paso para construir algo extraordinario.

Porque el verdadero atraso de Colombia no está en sus recursos naturales, ni en su gente, ni en sus oportunidades. Está en la mentalidad con la que aprendimos a mirarnos a nosotros mismos.

P.D. Te amo madre, gracias a ti tengo a Dios en mi corazón.