Por: Alejandro Blanco Toro. Máster en Negocios de Arte. Universidad Complutense de Madrid
Esta semana me encontraba deleitándome con una entrevista al candidato Abelardo de la Espriella. No solo me interesó el tema que abordaba —la importancia de volver a los valores de familia, hoy tan tergiversados—, sino también las obras de arte que exhibía en su casa.
En especial, llamó mi atención una pieza del artista Cristo Hoyos, a quien conozco por su cercanía familiar con mi esposa y cuya obra siempre he admirado. Hoyos posee una maestría pictórica figurativa excepcional, acompañada de un profundo valor conceptual, cultural, académico e histórico. En conclusión, es un gran pintor, sin dejar de lado sus múltiples facetas profesionales, entre ellas su reconocido proyecto del Museo Zenú de Arte Contemporáneo de Córdoba, el MUZAC.
Recordé mi visita, hace apenas dos años, al estudio del maestro Cristo Hoyos. Salí de allí fascinado, especialmente por su serie inspirada en Las Farotas, una tradición costeña y carnavalesca en la que hombres raizales se visten de mujer como expresión cultural cargada de historia y simbolismo. En esas obras percibí ecos de Enrique Grau, otro gran artista costeño que siempre he admirado y cuya huella en el arte colombiano es imborrable.
No terminaba de pensar en la obra cuando Gustavo Petro salió, con una sorprendente desfachatez, a criticarla públicamente y a tergiversar por completo su significado. El presidente aseguró que la pintura representaba una escena de esclavitud, describiendo a “una señora blanca” junto a “un esclavo negro”, e incluso insinuó que reflejaba el sueño de una Colombia marcada por la opresión racial. Lo más preocupante no fue la crítica en sí, sino la ligereza con la que se ignoró el contexto histórico, cultural y artístico de una obra inspirada en la tradición de Las Farotas, una expresión de resistencia y memoria del Caribe colombiano. Una vez más, la interpretación política terminó imponiéndose sobre el conocimiento.
Sin embargo, la polémica no tardó en aparecer. Esta vez, sirvió de escenario para que el candidato presidencial se defendiera —como buen abogado— y señalara al presidente de ignorante, pero sobre todo de oportunista, por intentar interpretar la obra de manera completamente errónea, calificándola como una escena de esclavitud.
Punto para Abelardo.
Y más aún, punto para Abelardo en momentos en que obras pertenecientes al museo de la Universidad Nacional se están deteriorando, prácticamente pudriéndose por la humedad y la falta de atención. Resulta inevitable preguntarse dónde está el verdadero compromiso con el arte cuando ni siquiera se cuida adecuadamente el patrimonio cultural que ya existe.
Pero más allá del debate político, queda un mensaje claro para los artistas colombianos: ya es hora de que un presidente no solo resalte y valore el arte, sino que también contribuya a su promoción, circulación y comercialización. De lo contrario, corremos el riesgo de seguir respaldando a quienes ni compran arte ni lo impulsan.
Queremos un presidente que conozca, respete y valore el arte.
Y si es artista, mejor.