Por Eliana Usuga
Mientras el sistema de salud colombiano agoniza, el ministro Guillermo Alfonso Jaramillo parece habitar una burbuja ideológica en la que las soluciones a la crisis pasan por guardar el dinero debajo del colchón y brindar con chicha en lugar de cerveza. Así lo propuso, sin el menor sonrojo, durante una audiencia pública en Popayán, como si los problemas estructurales del país se resolvieran con gestos folclóricos y llamados a la autarquía.
“No tomemos una sola gota de cerveza, tomemos chicha, hagamos guarapo”, dijo, mientras animaba a los ciudadanos a boicotear grandes grupos económicos, como si ese fuera el nuevo eje de la política sanitaria. Incluso sugirió retirar el dinero de los bancos, como si un experimento financiero improvisado no pudiera desencadenar una crisis de confianza aún mayor. Es la retórica del agitador, no la del ministro. Confunde el cargo con una tarima de discurso populista.
Pero lo realmente grave no es lo que dice, sino lo que hace. Mientras llama a los colombianos a cerrarle la puerta al capital privado y a reducir el consumo, ha abierto de par en par las puertas del sistema de salud… para su familia. Beatriz Gómez Consuegra, su esposa, ostenta el cargo de superintendente delegada para los prestadores de salud. Y ahora se ha revelado que su hijastro, Sebastián Laverde Gómez, trabaja en la ADRES y ha firmado contratos por más de 96 millones de pesos.
Es decir, el mismo ministro que se rasga las vestiduras contra las élites económicas y predica rebeldía simbólica contra el sistema, convierte su cartera en una agencia de empleo para los suyos. ¿Cómo confiar en una reforma a la salud liderada por alguien que, en lugar de despolitizar el sector, lo instrumentaliza para favorecer a su círculo íntimo?
El representante Andrés Forero lo resumió con crudeza: mientras los pacientes no consiguen medicamentos y sus tratamientos son interrumpidos, Jaramillo se ha encargado de garantizar el bienestar de su familia. Esa es la gran ironía: un ministro que predica austeridad y revolución… mientras acomoda a los suyos dentro del sistema que dice combatir.
Y si la salud en Colombia sigue estando en manos de funcionarios que administran el bien público como si fuera un asunto doméstico, no habrá chicha, guarapo ni colchón que aguante.