Por: Eliana Úsuga
Escribo esta columna con una mezcla amarga de tristeza, impotencia y rabia. Con la desconcertante sensación de volver a vivir una y otra vez las mismas escenas. El atentado contra Miguel Uribe, es un atentado a nuestro país.
Su papá, su esposa, su hijo, sus amigos, su equipo de trabajo viven hoy el drama que tantas otras familias colombianas han vivido a lo largo de décadas. Y una vez más nos preguntamos: ¿Hasta cuándo tendremos que sufrir esta violencia absurda?
Recuerdo, siendo niña, ver esas imágenes en la televisión: cuerpos escoltados por banderas, viudas con mirada perdida, titulares en rojo. Hoy, más de treinta años después, es un déjà vu. Nos arrastraron de nuevo a ese abismo. Lo que le ocurrió a Miguel Uribe nos recuerda, brutalmente, que este país aún no ha aprendido a respetar la diferencia.
Lo que estamos viviendo no es otra cosa que el fracaso rotundo de una “paz total” que terminó siendo una promesa vacía. Y duele más porque lo advertimos. Duele porque esto no es nuevo. Duele porque en los 90 ya lloramos a muchos líderes acribillados.
Lo peor es la irresponsabilidad de quienes deberían estar al frente de la reconciliación. El presidente que lidera el país con sus discursos llenos de descalificaciones y rencor, no hacen más que echar gasolina a un fuego que ya nos consume. Colombia no necesita un jefe de Estado incendiario. Necesita a alguien que una, que calme, que dé garantías
Porque eso es lo que necesitamos: garantías. Que todos los candidatos, sin importar el partido, puedan hacer campaña sin tener que usar chaleco antibalas. Que puedan volver a sus casas con vida. Que no tengamos que preguntarnos si vale la pena jugarse la vida por este país.
Hoy nos duele Miguel. Pero también nos duele todo lo que este atentado representa. Nos duele este país que no logra salir de la violencia. Que cada tanto nos da una bofetada para recordarnos que no estamos tan lejos del pasado.
No se trata de partidos. No se trata de ideologías. Se trata de humanidad. Nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a quitarle la vida a otra persona. Todos tenemos derecho a pensar distinto sin que eso nos cueste la vida. Es lo mínimo en una democracia.
Que Dios tenga misericordia de nosotros los colombianos