Petro busca intimidar a Fico y se inventa un respaldo en Antioquia

Por: Eliana Úsuga

Lo que ocurrió este sábado en la Alpujarra con la concentración de Petro en Medellín no fue un acto institucional ni un esfuerzo por la paz. Fue una provocación. En el lugar no estaban las víctimas. No estaban los policías que han entregado su vida enfrentando al crimen. No estaban los ciudadanos honestos que se parten el lomo para mantener esta ciudad a flote. Estaban los jefes de las estructuras criminales, los mismos que por años sembraron el miedo en las comunas, ahora convertidos en aliados políticos del Gobierno.

Gustavo Petro, con total descaro, les ofreció posibles beneficios jurídicos y habló de ellos como si fueran actores sociales y para completar el absurdo, no dudó en darles la legitimidad que le niega a los alcaldes, gobernadores y a la institucionalidad de Antioquia.

Pero lo más grave fue el mensaje encubierto: quien no se preste para este teatro, será señalado como enemigo de la paz, mientras Federico Gutiérrez combate a los criminales, Petro los premia. Y cuando Fico alza la voz, el presidente responde con tarimas llenas de bandidos, como si estuviera lanzando una advertencia.
Y sí, fue una advertencia. Porque lo que se vivió en La Alpujarra fue una amenaza envuelta en retórica. Una humillación pública contra quienes se atreven a disentir. Petro no vino a Medellín a escuchar, vino a exhibir su alianza. Vino a mostrar que el poder lo tiene él, que los capos hoy son sus interlocutores, y que los que no se alineen, serán los próximos en pagar el precio.

Pero además, el esfuerzo sobrehumano que hizo Gustavo Petro para simular respaldo en Medellín fue indignante, peligroso y profundamente antidemocrático. Lo que intentó vender como una multitudinaria muestra de apoyo popular fue en realidad una operación forzada, construida con miedo, logística clientelista y complicidad criminal.

Desde tempranas horas, buses fueron puestos al servicio del montaje. Pero no de manera voluntaria. A los dueños del transporte público los obligaron a disponer sus vehículos para bajar a la gente de los barrios, especialmente de zonas como Santa Cruz, Manrique y Castilla, donde las estructuras delincuenciales, esas mismas con las que el Gobierno conversa en su “paz total”, presionaron a líderes comunitarios para que movieran a sus vecinos hacia la Plazoleta de La Alpujarra.

Almuerzos repartidos como carnada, mingas indígenas instrumentalizadas, gente traída hasta de Chigorodó, otros llegaron presionados desde los barrios y ni sabían para qué los habían llevado, a los más suertudos les pagaron 100 mil pesos por el día.

Pero el esfuerzo se quedó corto. A pesar de la maquinaria, de la presión, del gasto y del miedo, Petro no logró convocar un evento multitudinario. La Alpujarra fue el escenario de su fracaso, no de su fuerza. Porque cuando un presidente necesita montar semejante operación para simular apoyo, lo único que demuestra es que no lo tiene.

Y la pregunta que queda en el aire, más allá del bochorno logístico, es qué tan bajo puede caer la política cuando se convierte en espectáculo, cuando los gobernantes prefieren el montaje al gobierno, el show al trabajo, la tramoya a la realidad.

Presidente, llenar una plaza con buses obligados no es llenar el corazón de la gente. Su show en Medellín no fue un acto de poder, sino una puesta en escena del desgaste. La legitimidad no se construye con almuerzos ni se impone con bandas. Y por más que insista, no le creemos, ni lo queremos

Lo que ocurrió este sábado en Medellín no fue un acto institucional ni un esfuerzo por la paz. Fue una provocación. Un mensaje de poder envuelto en cinismo, donde el presidente Gustavo Petro se subió a una tarima rodeado de delincuentes, y desde ahí dejó claro, una vez más de qué lado está.