El impactante antes y después del caballo rescatado en Rionegro

Cuando lo encontraron, Vencedor apenas podía sostenerse sobre sus patas. Era un potrillo de poco más de tres meses, tendido al borde de una vía en Rionegro, con el cuerpo marcado por heridas y los huesos resentidos por un abandono que parecía haberle robado, incluso, la posibilidad de crecer. Nadie sabía entonces que aquel nombre —Vencedor— terminaría siendo una premonición.

La alerta llegó a tiempo. Funcionarios de la Alcaldía de Rionegro, a través del CEIBA, activaron el protocolo de rescate y lo trasladaron con urgencia. Comenzaba así un camino largo, doloroso y lleno de incertidumbres. Las primeras valoraciones confirmaron la gravedad del caso: afectaciones óseas, múltiples lesiones y un pronóstico reservado. Sin embargo, la historia no se escribiría desde la resignación.

En la Clínica Veterinaria CVZ de la Universidad CES, Vencedor inició un proceso que se extendería por cerca de un año. Cirugías, terapias, cuidados especializados y una vigilancia constante marcaron sus días. Cada avance era celebrado como un pequeño triunfo; cada recaída, asumida con paciencia. En medio del tratamiento, el potrillo empezó a revelar algo más que su fortaleza física: su carácter.

Inquieto, juguetón y curioso, Vencedor buscaba el contacto humano, mordisqueaba las batas de quienes lo atendían y relinchaba al escuchar pasos conocidos. Ese vínculo cotidiano con veterinarios y cuidadores fue tan decisivo como los procedimientos médicos. No solo sanaba su cuerpo; también reconstruía la confianza que alguna vez le fue negada.

Con el paso de los meses, el potrillo creció, las heridas cicatrizaron y los diagnósticos fueron cambiando. Hasta que un día llegó la noticia esperada: Vencedor estaba completamente recuperado. Ya no necesitaba tratamientos, sino un lugar donde vivir, correr y ser, simplemente, un caballo.

Ese lugar apareció en San Carlos, en una finca rodeada de naturaleza, donde lo esperaba Platón, otro equino que desde ahora será su compañero. Allí, entre praderas amplias y aire limpio, Vencedor comienza una nueva etapa, lejos del asfalto y del dolor, cerca del cuidado y la calma.

Su historia se convirtió en un símbolo. No solo de la capacidad de resistir, sino del impacto que tiene la articulación institucional y la empatía ciudadana cuando la vida importa. En Rionegro, la protección animal dejó de ser un discurso para materializarse en acciones concretas, y Vencedor es la prueba viva de ello.

Hoy, mientras recorre su nuevo hogar, su nombre cobra pleno sentido. Porque vencer, a veces, no es llegar primero, sino sobrevivir, sanar y volver a confiar. Y porque historias como la suya recuerdan que denunciar el maltrato, adoptar con responsabilidad y cuidar a los más vulnerables también es una forma de construir una verdadera Ciudad del Bienestar.