Invertir la Pirámide: del Subsidio al Valor Productivo

Por: Julián Ceballos

Esta semana tuve el privilegio de acompañar a más de 250 emprendedores en su proceso de estructuración de ideas, modelos de negocio y proyección estratégica. En cada conversación, en cada pitch, en cada mirada de esperanza o temor, confirmé una verdad: el motor de una sociedad no es el subsidio, es la posibilidad de producir, crear, transformar. Lo que de verdad construye país es la capacidad de convertir ideas en valor.

Y sin embargo, el panorama nacional insiste en otro camino. Mientras los gobiernos locales luchan por abrir espacios de emprendimiento, el Gobierno Nacional parece más cómodo en la glorificación de la dependencia. Se premian los subsidios y se desconfía del empresario. Se castiga la iniciativa privada mientras se aplaude la espera pasiva. Hemos invertido mal la pirámide.

El empresariado no puede seguir siendo tratado como una amenaza. El que emprende arriesga, sueña, trabaja el triple. No busca un salvavidas, construye su propio barco. Y el Estado —si quiere mejorar la calidad de vida— debería ser ese viento que impulsa las velas, no la tormenta que intenta hundirlo.

¿Qué necesitamos, entonces?

Primero, una cultura emprendedora basada en la educación desde la escuela. Que los niños y jóvenes entiendan que una buena idea, con estrategia y propósito, puede cambiar vidas, generar empleos y transformar territorios. Que emprender no es informalidad, sino innovación.

Segundo, una política pública coherente con las vocaciones económicas de cada territorio. No se puede sembrar cacao donde hay carbón, ni crear call centers donde la vocación es turística. La planeación territorial debe ser el ADN de los programas de emprendimiento.

Tercero, incentivos reales. Acceso al crédito sin asfixia, rutas claras de acompañamiento, exenciones temporales y acompañamiento tributario. No queremos que nos regalen nada, pero tampoco que nos lo quiten todo cuando apenas estamos empezando.

Finalmente, una narrativa pública que reivindique al empresario. Que lo reconozca como generador de bienestar, no como enemigo del pueblo. Empleo es sinónimo de dignidad, de independencia, de libertad. Y el que da empleo merece respeto, apoyo y visibilidad.

No podemos seguir educando generaciones para sobrevivir del subsidio. Debemos formar ciudadanos que emprendan, que empleen, que proyecten. Es hora de invertir la pirámide. Y de hacerlo desde la raíz: la estrategia, la educación, y la decisión política de apostar por quienes aún creen que producir vale más que pedir.