¿O qué será? Del arte y el deporte en manos del próximo presidente

Por: Alejandro Blanco Toro

Dos ministerios olvidados y casi enterrados son hoy los de Cultura y Deporte. En muchos países caminan juntos porque entienden que el arte y la actividad física no son un lujo, sino herramientas de transformación social. En Colombia, en cambio, sus protagonistas sobreviven entre promesas incumplidas, presupuestos recortados y gobiernos que solo los recuerdan en campaña.

Queremos corregir una sociedad marcada por la violencia, la desigualdad y la falta de oportunidades únicamente hablando de reformas, seguridad y economía. Pero un país no se transforma solo endureciendo leyes o impulsando cifras. También se construye desde el alma, desde la sensibilidad, desde la educación artística y las oportunidades deportivas para los jóvenes.

Así como Álvaro Gómez Hurtado plasmaba caballos en sus pinturas, o como Miguel Uribe encontraba en el acordeón una forma de expresión, deberíamos volver a elegir líderes con humanidad, con sensibilidad y con una visión que vaya más allá de la política tradicional. Un gobernante que entienda que la cultura no es adorno y que el deporte no es entretenimiento pasajero, sino caminos reales para formar ciudadanos.

Porque cuando el arte y el deporte llegan a los barrios, también llegan la disciplina, la esperanza y el sentido de pertenencia. Y eso termina alejando a muchos jóvenes de la violencia y la desesperanza.

Revitalizar la economía naranja, recuperar la inversión en cultura y deporte, evitar que Colombia siga perdiendo escenarios y oportunidades internacionales como los Juegos Panamericanos, debería ser una prioridad nacional. Pero eso solo ocurrirá si quien llegue a la Presidencia realmente cree en estos sectores y no los usa únicamente para discursos de campaña.

Por eso Colombia necesita un presidente que valore el arte, que respete la cultura y que comprenda el impacto del deporte en la construcción de país. Un líder capaz de entender que esta nación no solo es rica en recursos naturales, sino también en talento.

La cultura es el reflejo del alma de un pueblo. Y al final, las naciones terminan pareciéndose a quienes las gobiernan.

Hoy somos uno de los países con menos inversión cultural y deportiva de la región. Mientras tanto, miles de jóvenes siguen esperando oportunidades que nunca llegan. Muchos de quienes han dirigido el país jamás han tomado un instrumento, pisado un escenario o entendido el sacrificio que hay detrás de un deportista.

Y quizás ahí está parte del problema: no se puede impulsar lo que nunca se ha amado ni defender lo que jamás se ha comprendido.