Por: Julián Ceballos
La pregunta no es caprichosa. Es incómoda, necesaria y profundamente política. Mientras Venezuela vive hoy un punto de quiebre frente a décadas de autoritarismo, Colombia parece debatirse entre la indignación, la confusión y la espera. ¿Por qué allá el régimen comienza a resquebrajarse y aquí aún discutimos si la institucionalidad basta?
Venezuela llegó a su límite. Años de dictadura, persecución, manipulación electoral, alianzas con el narcotráfico y protección a grupos armados ilegales acabaron con uno de los países más ricos de la región. El chavismo no cayó de un día para otro: fue el resultado de presiones internas, fracturas sociales y, sobre todo, de una comunidad internacional que dejó de mirar para otro lado. La figura de María Corina Machado y el respaldo popular a una alternativa democrática evidenciaron algo claro: incluso bajo represión, el deseo de libertad no se extingue.
Colombia, en cambio, aún está a tiempo. Y esa es la diferencia esencial.
Aquí no vivimos una dictadura formal, pero sí una peligrosa erosión institucional. Un gobierno que relativiza la ley, coquetea con narrativas autoritarias, justifica dictaduras vecinas y normaliza alianzas ambiguas con estructuras ilegales. Un presidente que avala regímenes cuestionados, guarda silencios estratégicos frente al narcotráfico y promueve zonas de “distensión” que, en la práctica, terminan siendo corredores para economías criminales.
Entonces surge la tentación de preguntar: ¿por qué no pasa en Colombia lo que pasa en Venezuela?
Porque Colombia —todavía— cree en la Constitución.
Porque aquí la fuerza no está en los fusiles ni en los bombardeos, sino en las urnas.
Porque nuestro camino no es el colapso, sino la corrección democrática.
El verdadero punto de inflexión no vendrá de la violencia, sino del voto. En los próximos meses, Colombia tendrá una oportunidad histórica: elecciones parlamentarias, consultas, y una contienda presidencial que debe resolverse —ojalá— en primera vuelta. Con observación internacional, con presión ciudadana y con una ciudadanía despierta.
No necesitamos un escenario de guerra para recuperar el rumbo.
Necesitamos carácter cívico.
Necesitamos memoria.
Necesitamos decisión.
Venezuela es el espejo de lo que no debemos permitirnos ser. Colombia aún puede elegir otro destino. Pero eso no ocurre solo: ocurre cuando los ciudadanos entienden que la democracia no se defiende en redes sociales, sino con lapicero, voto y conciencia.
Por eso, hoy Venezuela enfrenta las consecuencias de años de silencio.
Y por eso, hoy Colombia tiene el deber de hablar en las urnas.
El siguiente golpe no es militar. Es un estallido democrático. Y nos corresponde a todos.